Mevlana: Breve pasaje de su vida y obra

HAZRATI MEVLANA MUHAMMAD YALAL UD-DIN RUMI

Breve pasaje de su vida y obra

 

Dice Mevlana:

Ven, ven, quien quiera que tú seas,

Cristiano, musulmán, adorador del fuego, o incrédulo,

Ven, nuestra caravana no es desesperanza,

Aún hayas roto tus votos cien veces

Ven, ven

 

En el Nombre de Dios, y de Nuestro Maestro Mevlana Jelalu Din Rumi, y de toda la Fundación Internacional Mevlevi, doy mi más cordial y sincera bienvenida a esta Escuela de Amor, del Conocimiento y del Servicio de nuestro amado Rumi.

Lo anterior, bajo el espíritu, de que solo hay un Dios, y por ende un solo Conocimiento, y que todos tenemos un solo padre, Adán Cósmico y una sola familia, la humanidad, así como que solo existe una religión la del Amor y una sola oración la del Corazón.

 

Dice Mevlana:

Nunca abandones tu corazón más interior

Ni por un momento,

Para que el Bienamado siempre te encuentre en casa.

De otra forma, retirará Sus vestiduras de honor y dirá:

“vine a verlo Yo mismo, y no encontré a nadie en casa”.

 

 

Mevlana, nació en Balkh (Actualmente Afganistán) el 30 de septiembre de 1207 y murió en Konya, Turkia, el 17 de diciembre de 1273. Es fundador de la Orden de los Mevlevis, o también conocida por la Orden de los Derviches Danzantes. Su padre, Baha Ud Din Walad, había adquirido gran celebridad de Teólogo y Predicador, conocido como el sultán de los Sabios.

 

Que podemos decir de Mevlana, que es un Océano de Conocimiento, fue el más grande erudito de su tiempo, doctor en ciencias y en ciencia religiosas, y maestro de más de diez mil discípulos. No obstante, cuando conoce a Shams de Tabriz, Su Maestro, que si lo pudiéramos trasladarlo a nuestro tiempo, sería como encontrase con un vagabundo; decíamos pues que en su encuentro Shams, con su simple presencia transforma a Rumi, y de doctor en ciencias, se transforma en un hombre de Dios. En su encuentro con Shams, el Sol, Rumi se transforma en Luz, y a partir de ese momento, el Amor es la Fuerza Universal de Su Vida y de su Escuela. A Mevlana se le conoce en la tradición Sufí, como el Polo del Amor. Su obra y su vida se transforman, así como su Escuela. A partir de ese momento, escribe sus obras el Diwan, más de 25,000 poemas espirituales de gran profundidad y amor.

 

El Fihi Ma Fihi, que significa el Camino Interior, o en Esto está lo que está en Esto. Y su obra monumental, el Masnavi, compuesta de más de 4,000 poemas, historias y cuentos, que escribió durante 43 años, y se le conoce en el mundo El Corán Persa.

 

Es importante, señalar que su Escuela de Conocimiento, es una escuela universal, del estudio del hombre y proporciona las alas para el vuelo espiritual. La escuela de Mevlana, aglutinó en su tiempo, a personas de todos los credos y las razas, que acudían con el Maestro, para el Despertar del Alma.

 

Mevlana Rumi, instituyó la Sema, o Danza Cósmica de los Derviches, cuenta la historia, que un día Mevlana se encontraba caminando en las calles de Konya, y en la calle estaba un herrero golpeando con su martillo el metal, y al golpetear el martillo, el sonido, produjo en Mevlana que iniciará la Remembranza en su corazón del Sagrado Nombre de Dios: Allah, y sumergido en el Recuerdo de Dios, su Alma empezó a girar, como un concierto de las estrellas del universo alrededor del Sol Divino, y así, con está danza cósmica, con está oración en movimiento, Mevlana, se aniquiló en la Luz de Dios, cómo la mariposa, que en su vuelo de amor, vuela hacia la flama del fuego, y con su aniquilación en el fuego, se convierte en Fuego y Luz.

 

 

La noche de bodas celestiales de Mevlana

“Primero fuiste mineral.
Más tarde te convertiste en planta.
Después en animal;
¿Cómo podría ser esto un secreto para ti?
Después de que fuiste hecho hombre, con conocimiento, razón, fe,
contempla el cuerpo hecho, el cual es un pedazo de barro, cuan perfecto ha crecido.
Cuando hayas viajado como hombre, sin duda te convertirás en ángel; después de que has sido hecho de esta tierra, tu lugar de residencia es el cielo. Pasarás nuevamente de la forma angelical y entrarás en el océano, para que tú gota pueda convertirse en mar, el cual es cientos y cientos de mares de Omán”.

 

 

La partida del Maestro del Amor

Autor: Sheij Shefik Can

 

 

Finalmente, el fatigado cuerpo de Rumi cayó en manos de su últi­ma enfermedad. La fiebre nunca abandonó a Rumi. Entre sus estima­dos amigos, los galenos Akmal al-Din y Gazanferi estuvieron a su la­do todo el tiempo. Aun así nunca pudieron entender su enfermedad. Su cuerpo estaba ardiendo. Solía poner su mano en la taza llena de agua que había cerca de su cama y se llevaba algo de agua a la frente. Duran­te el tiempo que estuvo postrado en la cama, acontecieron terremotos durante siete días y noches. Las paredes de muchas casas y jardines se de­rrumbaron. Había caos en el mundo. Después del séptimo terremoto, la gente corrió hacia Rumi y le pidieron que rezase. Rumi sonrió y dijo: «No tengáis miedo, la pobre tierra tiene hambre. Quiere un bocado gran­de. Es necesario que se lo demos».

 

Y empezó a decir su último deseo a aquellos presentes: «Os aconsejo que tengáis temor de Al-láh en público y en secreto. Os aconsejo comer y dormir poco, absteneros de pecados, continuar ayunando y rezando, apartaros de la lujuria, persistir y sed pa­cientes en contra de toda extorsión y maltrato llevada a cabo por los de­más, evitad estar con gente ignorante y con aquellos que están preocupa­dos con satisfacer sus deseos, permaneced en compañía de gente genero­sa y buena. Puesto que las mejores personas son aquellas que son prove­chosas a otra gente. El mejor de los dichos es aquel breve y conciso».

 

Rumi se estaba preparando para su éxodo. Era necesario abandonar la ca­sa y dirigirse al Más Allá. Rumi se estaba preparando para dejar la casa de este mundo. Ese día Sheij Sadr al-Din Konavi llegó a visitar a Rumi con sus der­viches más prominentes. Mostró gran respeto a Rumi. Lo sentía mucho, y expresando sus deseos señaló: «¡Qué Al-láh te cure pronto! ¡Que esta en­fermedad sea la causa para que tu nivel en el Más Allá aumente! Si Al-láh quiere, tendrás pronto buena salud. Rumi es el espíritu de los mundos. Merece estar sano».

 

Rumi contestó: «Después de esto, que Al-láh te cure. Entre el enamorado y el Amado queda sólo una camisa con un revesti­miento muy fino. ¿No quieres que la luz sagrada se reúna con la luz sa­grada?» y empezó a recitar esta oda:“¿Cómo sabrías qué clase de compañía majestuosa albergo dentro de mí? No mires a mi pálida cara, poseo fuertes pies de hierro. He girado mi rostro completamente ante al Rey que me creó y me en­vió a este mundo. Ya que Él me ha creado tengo que agradecerle mi­les de veces. En ocasiones me asemejo al sol y a veces al mar repleto de perlas. Incluso si parezco un ser insignificante que ha sido creado de tierra por fuera, por dentro soy la criatura más honorable y más noble. En la aldea del mundo, emito zumbidos cual abeja. Mas no contem­ples tan sólo mi zumbido, pues poseo una colmena repleta de miel. ¡Qué miedo da el agua que hace rodar la noria! pero, soy la rueda de esa agua, sigo dando vueltas en dicho medio líquido con dulces sonidos. Todas mis partículas están floreciendo, ¿Por qué debería extinguirme, porque debería decaer? El Buraq (caballo místico del Profeta Muhammad –s.a.w-, con el cual ascendió a los siete cielos) en que se halla debajo de mí, tiene su silla de montar colocada y me está esperando. ¿Por qué debo ser el esclavo del burro? El escorpión no me clavó su aguijón en el pie. ¿Por qué debo estar lejos de la Luna? Tengo una vara fuerte. ¿Por qué no debería salir del pozo? Por la paloma del espíritu me convertí en paloma. ¡Oh pájaro de mi espíritu! ¡Vuela! Tengo cientos de fortalezas que son incluso más fuer­tes que está.Incluso si alcanzo hogares y doy con mis huesos en casas, soy la luz del Sol del significado (la sabiduría). Nací de tierra y agua. Mi madre es el barro más soy ágata, oro y rubí. Siempre y cuando veas una perla, dentro de esa perla, en su otra cara busca otra perla. Porque todos los átomos exclaman: «Tengo un teso­ro escondido dentro de mí». Cada perla te está diciendo: «No estés contento con mi belleza. La luz que está brillando en mi rostro proviene de la luz que hay dentro de mi». Permaneceré callado, parece que no entiendes la verdad. No muevas la cabeza diciendo, «Tengo un ojo espiritual que ve y com­prende». ¡No te engañes a ti mismo!”

 

El sábado 16 de diciembre de 1273, se puede decir que Rumi se hallaba mejor. Conversó con aquellos que vinieron a verle hasta el ano­checer. Pero cada una de sus palabras era un deseo. Después, llegó la noche y Konya se sumergió en la oscuridad. Rumi estaba con sus ami­gos íntimos Husam al-Din Çelebi, su hijo Sultán Veled y los médicos. En aquellos días, Sultán Veled estaba débil porque comía y dormía muy poco. Esa noche estaba también muy cansado. Un poco antes de que llegase la mañana, Rumi miró a los llorosos ojos de su hijo y en voz baja le dijo: «Baha al-Din, estoy bien, ve y duerme un poco».

 

Sultán Veled no pudo contenerse. Sin poder casi controlar sus lágrimas se levantó. Cuando estaba abandonando la habitación Rumi miró hacia atrás con ojos de pena y recitó su última oda:

 

“Ve y pon tu cabeza en la almohada. Déjame solo. Abandona a la per­sona triste que camina en los alrededores por la noche en sumo ardor. Seguimos luchando entre las olas del amor toda la noche, solos hasta el amanecer. Si quieres, vienes y nos perdonas. Si quieres, nos puedes atormentar con tu separación. Te alejas de mí para que no tengas que enfrentarte a los mismos pro­blemas que yo me enfrento. Dejaste el camino de los problemas y ele­giste el camino de la salvación. Estamos arrastrándonos y lamentándo­nos en la esquina de la tristeza y derramando lágrimas. Si lo deseas, ven y construye cien molinos de agua con nuestras lágrimas. Tenemos un Amado inmisericorde cuyo corazón es tan duro como el granito. Mata a los enamorados pero nadie puede considerarle res­ponsable. Para el rey de la belleza cumplir los acuerdos no es necesario. ¡Oh ena­morado cuya faz se volvió pálida, ten paciencia y cumple tu acuerdo! Albergo una enfermedad dentro que sólo la cura la muerte. Me pre­gunto cómo puedo decir «¿Ven y cúrame de esta enfermedad?» Anoche en mi sueño vi a un anciano en las cercanías del amor. Me hi­zo señales con la mano queriendo decir, «Ven aquí, a nuestro lado». Si existe un dragón en el camino de la verdad, también concurre el amor cual esmeralda. Vence al dragón con la luz que emite la esme­ralda del amor. Basta por ahora, no hables más, estoy inconsciente. Si posees algún talento conversa acerca de la historia de Abu Ali Sinan o menciona el consejo de Abu al-A’la al-Mu’arri”.

 

Rumi estaba en su lecho de muerte. Había tomado su primera ins­piración cuando honró este mundo mortal en Balj años atrás y ahora iba a efectuar su última exhalación en Konya. Sus contados alientos medidos en bendiciones, amor y fe estaban a punto de terminar. Todavía se hallaba completamente consciente y tenía buena memoria. Probablemente, Husam al-Din Çelebi debió haber escrito en un trozo de papel de su puño y letra, con la sangre de su corazón, derramando lágrimas, esta última oda que Rumi recitó en el lecho de muerte.

 

Sipehsalar narra los acontecimientos posteriores: Tras esto, la salud de Rumi empeoró. Todas las personalidades nota­bles le visitaron día y noche. Los galenos Akmal al-Din y Garanferi eran los mejores médicos de aquel tiempo y estaban tratando a Rumi. Ambos tomaban su bendito pulso, abandonaban la casa, revisaban sus libros de medicina, trataban de diagnosticar y de nuevo volvían a su bendita presencia, tomaban su pulso y analizaban. Esta vez el pulso estaba latiendo de un modo diferente. Les pedí que viesen y que comprendieran el honorable estado de Hadrat Hudavendigar. Comprobaron que la diagnosis no era posible e intuyeron que la ver­dad del asunto era otra cosa. Comprendieron que la voluntad de Rumi se dirigía a otro mundo. Aquellos ocupados con el tratamiento junto con los otros presentes entristecieron. No podían dejar de la­mentarse. Todo el mundo estaba angustiado e inquieto. La población de Konya había parado de trabajar y gente de las aldeas de sus alrede­dores llegaron a Konya. El sábado 17 de diciembre de 1273 cuando el sol salía por el horizonte, Rumi, el Sol del reino de los significados, también salía al mundo de la eternidad. Los ojos de Rumi se cerraron a este mundo mortal en Konya, la ciudad que había honrado durante cuarenta y cuatro años.

 

Esa noche los amigos de Rumi hicieron sus obligaciones finales. Toda la población de Konya, jóvenes y ancianos, estaban presentes en el funeral. Ya que Rumi fue un gran santo tolerante y amante de la paz que hizo siem­pre el bien y deseó siempre lo bueno a todo el mundo, no sólo asistentes musulmanes sino también judíos y cristianos caminaron en su procesión, derramando lágrimas juntos por la perdida.

 

Todo el mundo estaba lloran­do y afanándose por encontrarse enfrente del ataúd así como detrás. La ca­lle principal estaba completamente llena. Para tocar el ataúd aunque fuera una vez, la gente surgía desde incluso caminos poco frecuentados. Los funcionarios y sirvientes encargados de la protección de las calles apenas podían establecer un poco de orden entre toda aquella muchedumbre. Las calles se hallaban tan llenas que el ataúd que salió de la casa por la maña­na no pudo llegar al lugar donde se llevaba a cabo el rezo hasta el anoche­cer. Cuando se ubicó el ataúd sobre la piedra musalla, donde el rezo del funeral se llevaba a cabo, el responsable Mu’arrif llamó a Sadr al-Din Konavi: «¡Oh rey de los sheijs! Por favor ven, dirige el rezo del funeral, así lo pidió Rumi». Incapaz de controlarse, Tabip Akmal al-Din gritó: «Oh Mu’arrif muestra buenos modales. El rey de los sheijs es sólo Rumi».

 

Sadr al-Din dejó la multitud y se colocó enfrente del ataúd para di­rigir los rezos. Tan pronto como empezó el rezo con la alabanza Allahu Akbar - Al-láh es el Más Grande -, la pena le embargó, derramó con gran aflicción lágrimas y cayó al suelo. Qadi Siraj al-Din vino y dirigió el rezo. Según el informe de Sipehsalar, cuando le preguntaron a Sheij Sadr al-Din el motivo de su desmayo respondió: «Cuando estaba en­frente del ataúd para dirigir el rezo, vi que los ángeles habían formado una línea delante del ataúd. En aquel momento, perdí la conciencia».

 

Tras los rezos, el ataúd fue portado de nuevo sobre las cabezas y se enterró en el lugar preparado, frente a las tumbas del padre de Rumi, Sultán al-Ulama y Salah al-Din Zarqubi. El sol había empezado a po­nerse. Fue una noche triste para Konya. El ser material de Rumi se ha­bía perdido de vista pero su ser espiritual estaba presente en los corazo­nes y se iba a quedar allí. Comprendiendo muy bien esta verdad Rumi señaló: «Después de que fallezcamos, no busquéis nuestra tumbas en la Tierra. Nuestra tumba está en el corazón de los gnósticos».

 

Al bendito cuerpo de Rumi se le dio sepultura al lado de la tumba de su padre, Sultán al-Ulama. Pero está vivo como Sultan al-Arifin («el sultán de los gnósticos») y Sultan al-Ashiquin («el sultán de los enamorados de Al-láh») en cada hogar, en cada asamblea, en el corazón de cada uno. Rumi se había escondido de los ojos y se había quedado en los corazones. Todo el mundo, rico o pobre, organizó ceremonias (sema) según sus posibilidades. Una noche, en el palacio del Visir Muin al-Din Pervane, el sultán de los poetas y literato Bard al-Din Balji em­pezó a girar. Cuando estaba girando, sintió la presencia de Rumi tan poderosamente en su corazón que no pudo controlar sus lágrimas. Llorando y girando recito este cuarteto:

 

¡Oh nuestra alma, Oh nuestro sultán! No queda ojo que no haya llorado con tu pena.
No queda collar alguno que no se haya roto en pedazos con tu llanto.
Juro por tu luminoso rostro que en la faz de la Tierra,
Nadie mejor que tú marchó bajo tierra.

 

Konya lloró la muerte de Rumi durante cuarenta días. Durante cua­renta jornadas de luto, hubo siempre visitantes en la tumba de Rumi. Quizás sea sorprendente para algunos comprobar que incluso hoy en día un gran número de personas visite o tumba de Rumi, a pesar de que su tumba se haya convertido en un museo y su entrada no sea gra­tuita. Cierto día Qadi Siraj al-Din visitó la tumba de Rumi. Recitó es­te cuarteto, estando de pie cerca de la tumba:

 

¡Oh querido Rumi! El día que la espina de la muerte penetró tu pie,
Desee que los Cielos golpeasen mi cabeza con la espada de la muerte
para que no viese el mundo sin ti.
Hoy estoy ante tu tierra bendita. Este soy yo, ¿no?
¡Qué pena, qué pena, tierra sobre mi cabeza!

 

En otra ocasión, en aquellos días de duelo, un derviche recitó es­tas líneas sobre la muerte de Rumi, haciendo llorar a todos aquellos a su alrededor:

 

¡Oh Tierra!, debido al dolor de mi corazón no puedo indicar qué tipo de perla te ha concedido hoy la muerte y qué clase de perla estás escondiendo. La trampa que ha estado en el corazón de todo el mundo está hoy atrapada. El querido ser que solía atraer la simpatía y admiración de toda la gente está ahora durmiendo en tu regazo.

 

Tal y como Sipehsalar lo narra por escrito, después de que Rumi emigrase de este mundo mortal, siempre que alguien tuviera el corazón roto, se hallare colmado de un ardor apasionado y estuviera lleno de tris­te derramaría lágrimas y recitaría dísticos como estos:

 

Ese Sol de los corazones se ha puesto, y está escondido en la tierra.
¿Por qué debería derramar tierra en mi cabeza todo el tiempo?
Ese pájaro del manantial de la verdad ha volado desde las llanuras
mortales. ¿Por qué no debería llorar y lamentarme como las nubes de primavera?
La luz que iluminó el Universo se consumió, derritió y terminó.
¿Por qué no debería mi día volverse noche de inmediato?

 

También en aquellos días sucedió otro acontecimiento que entris­teció a la familia y amigos de Rumi, y les hizo llorar un poco más. El gato de Rumi no comió ni bebió nada tras su fallecimiento y sobrevi­vió únicamente siete días. La hija de Rumi, Malika Hatun envolvió el gato en un paño y lo enterró en los alrededores de la tumba de Rumi derramando lágrimas. Cocinó un postre y lo distribuyó entre aquellos que amaban a Rumi. Asimismo Aflaki narra que, poco antes de que fa­lleciese Rumi, este gato se acercó a Rumi y le maulló tristemente. Rumi sonrió e indicó a aquellos más cercanos a él: «¿Sabéis lo que dijo este gato?» Respondieron: «No», a lo que Rumi señaló: «Sin duda pronto marcharás a los Cielos, tu tierra natal. ¿Qué haré sin ti?».

 

Ya que Rumi era un santo completamente maduro en el camino del Profeta Muhammad, no le gustaba la ostentación y no estaba de acuerdo con los magníficos sepulcros que se construían encima de las tumbas. La capital del Imperio Selyúcida, Konya, había aceptado muchos san­tos. Pero hoy en día cuando la gente habla de sepulcros en Konya, el primero que nos viene a la mente es el sepulcro de Rumi bajo una gran cúpula verde. Bajo esta cúpula yace no sólo Rumi sino también su pa­dre Sultán al-Ulama, sus hijos, sus amigos Salah al-Din Zarqubi y Husam al-Din Çelebi, sus nietos y otros parientes de Rumi, en un nú­mero superior a cincuenta. Unos meses después del éxodo de Rumi al mundo de la eternidad, Amir Alam al-Din Kayseri, un prominente funcionario gubernamental en Konya empezó, con el consentimiento de Sultán Veled, la construcción del sepulcro que fascina a los visitan­tes por su material y magnífica espiritualidad.

 

El sepulcro se constru­yó bajo la supervisión de un arquitecto, Badr al-Din de Tabriz, con la ayuda monetaria y el apoyo moral de Gürcü Hatun, la hija de Ala al-Din Josraw II y la esposa de Muin al-Din Pervane. Otro arquitecto, Abd al-Wahid, construyó el magnífico sarcófago de madera de nogal de 2’65 metros de altura que se considera una de las obras de arte del Imperio Selyúcida en madera tallada. Ese sarcófago se hallaba desde un principio en la tumba de Rumi pero más tarde se trasladó a la tumba de su padre, Sultán al-Ulama, por orden del sultán Süleyman «el Magnífico».

 

Se construyó un sarcófago de mármol en las tumbas de Rumi y Sultán Veled. Esta obra maestra que es el sarcófago de made­ra cubierto con un encaje de tela de oro se construyó inicialmente pa­ra Rumi. ¿Por qué Süleyman «el Magnífico» lo reemplazó más tarde por uno de mármol? Süleyman «el Magnífico», que Al-láh lo acepte en su Paraíso, era un admirador de Rumi como su padre, el sultán Yavuz Selim. Era un poeta y admirador de la poesía de Rumi. Con la inten­ción de honrar al santo que amaba, reemplazó el sarcófago de madera de nogal por uno de mármol construido por el más famoso artesano de su tiempo. En esto se puede ver también una manifestación del poder espiritual de Rumi.

 

Rumi era un hombre santo al que no le gustaba aparentar en de­masía y pensó que el elevado y magnífico sarcófago que había sido em­plazado en su tumba era más apropiado para la tumba de su padre, Sultán al-Ulama. El Sultán del Mundo, Süleyman «el Magnífico», lle­vó a cabo el deseo de Rumi sin saberlo. El sarcófago parece que se al­za en pie cuando entramos en el sepulcro y los visitantes que lo obser­van creen que el padre de Rumi se ha puesto de pie y está mostrando respeto a su hijo. En realidad, todos aquellos enterrados allí se levan­taban cuando Rumi llegaba. 

 

 

 

 

 

Está aquí: Home Mevlana Celaleddin Rumi Su Vida y Obra Mevlana: Breve pasaje de su vida y obra